Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

PRÓXIMOS ACTOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA

13 de noviembre, miércoles. III SEMANA LITERARIA DEL ATENEO: Presentación Libro Homenaje a Soledad Zurera. Sede del Ateneo 20:00 horas.
14 de noviembre. Exposición de dibujos ANIMALES DE ENCAJE, de Elena Jiménez Pérez de Algaba. Sede del Ateneo. 19:30 horas.
19 de noviembre, martes. III SEMANA LITERARIA DEL ATENEO: Conferencia de Antonio Rodríguez Almodóvar:
“LA RECUPERACIÓN DE LOS CUENTOS POPULARES. TEORÍA DEL ARQUETIPO”. Sede del Ateneo 19:30 horas.
21 de noviembre, martes. III SEMANA LITERARIA DEL ATENEO: Presentación del libro “Siempre es demasiado (Evocación de María Zambrano)” de Mari Cruz Garrido. Presenta: Soledad Zurera. Sede Ateneo 19:30 horas.
27 de noviembre, miércoles. Tertulia poética.
28 de noviembre, jueves. Mesa redonda: “Asamblea de Córdoba, un siglo” en el Ateneo. Participantes: Isidoro Moreno, Pura Sánchez, AM Ramírez Ramos y Miguel Santiago. Sede del Ateneo 19:30 horas.
2 de diciembre, martes. Ciclo Poetas en el Ateneo. Interviene el poeta malagueño José Sarria. Presenta: Manuel Gahete. Sede Ateneo 19:30 horas.
11 de diciembre, miércoles. Tertulia poética. Sede Ateneo 19:00 horas.
12 de diciembre: Reunión Junta directiva. Sede Ateneo 18:30 horas.
12 de diciembre, jueves. Queimada navideña. Sede Ateneo 20:00 horas.

VII Premio Agustín Gómez de Flamenco Ateneo de Córdoba.

Fallo del XXXV Premio de Poesía Juan Bernier.

Fallo del VII Premio de Relato Rafael Mir.

Fallo de las Fiambreras de Plata 2019, relación de homenajeados aquí.


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Manuel Azaña Díaz

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Manuel Azaña Díaz nació en Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880 y murió en Montauban, Francia, el 3 de noviembre de 1940. Fue un político y escritor español que desempeñó los cargos de Presidente del Gobierno español (1931-1933, 1936) y Presidente de la Segunda República Española (1936-1939).

Fue uno de los políticos y oradores más importantes en la política española del siglo XX, además de un notable periodista y escritor, consiguió el Premio Nacional de Literatura en 1926. Su obra La velada en Benicarló, sobre la Guerra Civil Española es una interesante reflexión acerca de la década de los años treinta en España. Sus Diarios -dados a conocer al gran público hace unos años- son uno de los documentos más importantes de este momento histórico.

Infancia y adolescencia

Manuel Azaña nació en una familia de sólida posición económica y con presencia en la política local y la vida intelectual de Alcalá. Su padre era Esteban Azaña, propietario, y su madre Josefina Díaz-Gallo, ama de casa. El padre, de familia de notarios y secretarios de Ayuntamiento, se dedicaba también a la política y llegó a ser alcalde de Alcalá de Henares; además, escribió y publicó en 1882 y 1883 una Historia de Alcalá de Henares en dos volúmenes. En cuanto a la familia de su madre, se dedicaba al comercio.

Manuel fue el segundo de cuatro hermanos (Gregorio, Josefa y Carlos, eran los otros). Además de sus padres, y sobre todo tras la prematura muerte de estos, desempeñaron un papel importante de protectores durante su infancia su tío materno Félix Díaz Gallo, con cierta influencia sobre Manuel en lo intelectual, y su abuela paterna. Estudió en el Colegio Complutense de San Justo y Pastor hasta el bachillerato, que comenzaría en el curso 1888-1889, haciendo los exámenes en el Instituto Cardenal Cisneros, de Madrid. Era un alumno de notas excelentes, predominando entre sus calificaciones el sobresaliente, aunque finalmente culminaría sus estudios de bachiller con la calificación de aprobado.

El 24 de julio de 1889 murió su madre; unos meses después, el 10 de enero de 1890, su padre. Manuel y sus hermanos se fueron a vivir a casa de su abuela paterna, doña Concepción. Allí, con una constante sensación de soledad, realizaría sus primeras lecturas, gracias a los distintos libros acumulados por su abuelo Gregorio, hombre que había sido aficionado a los libros. Siempre, cada vez que evoque su infancia, la misma metáfora: Manuel Azaña se recuerda en los días de su niñez y adolescencia, sobre todo, como un devorador de libros.

Por decisión de su abuela, Manuel realiza sus estudios superiores de Derecho interno en el recién creado Real Colegio de Estudios Superiores María Cristina de El Escorial. Dado que el colegio carecía de la facultad de expedir títulos de licenciatura, los alumnos debían examinarse por libre en la Universidad de Zaragoza.

Tras tres cursos interno (el preparatorio y los dos primeros de Derecho), durante el curso 1896-1897 sufrió una crisis religiosa que le llevó a abandonar el colegio, continuando sus estudios en casa. No fue hostilidad, tampoco rencor, ni alguna especie de "rebeldía impieteista", como algún fraile ha dictaminado, confundiendo los sentimientos de un joven de dieciséis años que un día dice que no quiere confesarse con los de un ateo militante. Fue sencillamente que la religión, en todas las dimensiones en que la había vivido de niño y adolescente, dejó de tener sentido para él. Durante el curso 1897-1898 editó junto a unos amigos la revista Brisas del Henares, en la que publica diversas crónicas locales. El 3 de julio de 1898, en la Universidad de Zaragoza, pasó el examen de grado de Licenciatura en Derecho con la calificación de sobresaliente.

Juventud

En octubre de 1898 se trasladó a Madrid para preparar el curso de doctorado en la Universidad Central. Al tiempo, y gracias a las gestiones de su tío, entró a trabajar como pasante en el bufete del abogado Luis Díaz Cobeña, donde coincidió con Niceto Alcalá-Zamora.

En febrero de 1900 solicitó su admisión en los ejercicios de grado y presentó su tesis titulada La responsabilidad de las multitudes el 3 de abril, obteniendo el título de doctor en Derecho con la calificación de sobresaliente. En su tesis, Azaña establecía que cuando actúa en multitud, el individuo es responsable de sus actos y reconocía que cuando las multitudes alzan la voz amenazando con perturbar el orden es para reclamar algo que casi siempre se les debe en justicia.

Durante esa época, sus lecturas se centran básicamente en obras relacionadas con cuestiones sociales, con el socialismo y con la historia de Francia e Inglaterra.

Desde octubre de 1899 formaba parte como socio de la Academia de Jurisprudencia, donde participaría activamente en diversos debates. En enero de 1902 leyó su memoria sobre La libertad de asociación, donde abordaba la necesidad de que las órdenes y congregaciones religiosas se regulasen por el Estado, y apelaba al respeto a la libertad de enseñanza para las asociaciones de católicos formadas para ese fin. En otras intervenciones a propósito de memorias expuestas por distintos socios, Azaña expresó ideas como que lo decisivo para elegir entre un sistema de gobierno era el grado de aceptación de este, fuese monarquía o república, de principios como el respeto a la igualdad entre los ciudadanos, el sufragio universal, la soberanía nacional y las instituciones representativas. En otro caso, apeló a la necesidad de que la ley estableciese una reforma que introdujese una verdadera libertad de mercado con el reconocimiento de la libertad de asociación del proletariado.

Hacia finales de 1900, Azaña ingresó también en el Ateneo de Madrid, donde pudo mostrar su actitud crítica tanto hacia la generación del 98 como hacia el regeneracionismo.

Por otro lado, desde febrero de 1901 empezó a colaborar, con textos literarios y de crítica teatral, en la revista Gente Vieja, firmando con el seudónimo de Salvador Rodrigo, que ya había utilizado en su adolescencia.

De imprevisto, en 1903 regresa a Alcalá para hacerse cargo con su hermano Gregorio de los negocios familiares: una finca, una fábrica de ladrillos y tejas, y la Central Eléctrica Complutense. Simultáneamente, retoma su actividad literaria concentrándose en la redacción de una novela autobiográfica: La vocación de Jerónimo Garcés. También, vuelve a su labor periodística a través de una revista local, La Avispa, fundada por su hermano Gregorio y unos amigos. Sin embargo, el fracaso de los negocios familiares lo llevan a marchar a Madrid y solicitar tomar parte en 1909 en los ejercicios de la oposición a Auxiliares terceros de la Dirección General de los Registros y del Notariado. En junio de 1910 aparece como número uno en la lista de resultados, siendo propuesto para la plaza correspondiente. Tras diverso ascensos naturales dentro del escalafón, en 1929 llegó a ser nombrado Oficial jefe de Sección de segunda clase del Cuerpo Técnico de Letrados del Ministerio de Gracia y Justicia, con un sueldo anual de 11000 pesetas.

Paralelamente a su tarea como funcionario, Azaña siguió desarrollando una labor intelectual. Así, en 1911 pronuncia su primera conferencia política en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares. En ella, afronta el tema de moda, el problema español, pero en vez de centrarse en la solución que la mayor parte de los intelectuales proponían al respecto, la escuela, Azaña muestra su preocupación por el Estado. Así, en su conferencia afirma que el "problema de España" consiste en organizar democráticamente su Estado, única medicina para acabar con el "apartamiento de la vida cultural de Europa" (...). [Y que] para lograrlo, es requisito indispensable liberarlo de los poderes sociales que lo mediatizan (...) por medio de la acción política de ciudadanos conscientes de sus deberes. Ese mismo año, en dos artículos publicados en La Correspondencia de España, Azaña insistirá, enfrentándose críticamente a la generación de Baroja, en la necesidad de una actitud política activa por parte de los ciudadanos para afrontar con garantías la solución al problema de España.

Con la intención de seguir cursos de Derecho civil francés en la Universidad de París, solicitó en febrero de 1911 una pensión por un periodo de seis meses que le es aceptada. El 24 de noviembre llegó a París y allí, hasta su marcha un año después, desarrolló una intensa actividad intelectual de la que dejó testimonio además de en notas personales, en diversos artículos enviados bajo el seudónimo de Martín Piñol a La Correspondencia de España. Azaña quedó especialmente impresionado por la visión de París como obra única de civilización que ha sabido aunar (...) la herencia cristiana con la rehabilitación de la razón.

En otros artículos, abordó la importancia de rehabilitar la funcionalidad de los parlamentos como garantes de la seguridad nacional y el concepto de patria, que Azaña asocia con cultura y con justicia y libertad encaminadas a un bien común.

En París, además de diversas lecturas y visitas culturales a iglesias y monumentos, asistió a mítines políticos y a múltiples conferencia de temáticas variadas, entre ellas unas dedicadas a historia de las religiones por Alfred Loisy y otras sobre psiquiatría impartidas por Henri Pièron. Conoció y se hizo amigo de Luis de Hoyos, de cuya hija Mercedes de quince años llegó a enamorarse.

Tras unos días de septiembre en Bélgica, regresó a España el 28 de octubre de 1912.

En febrero de 1913 entró a formar parte de la junta directiva del Ateneo como secretario primero; la avanzada edad y la gran actividad del presidente, Rafael María de Labra, llevaron a Azaña a tener que asumir algunas de las funciones de este, sobre todo desde 1916. Además de revitalizar su biblioteca, Azaña consiguió aclarar determinadas cuestiones económicas que asediaban a la institución.

Simultáneamente, además de recibir clases de alemán, empezó a tomar en serio la idea de escribir un estudio sobre la literatura provocada por el desastre del 98, para lo cual estudió los siglos de la Baja Edad Media, en busca de una explicación de la decadencia, y entabló un diálogo crítico y polemista con los intelectuales que habían abordado desde finales del XIX la cuestión de ese desastre. Como consecuencia de estas indagaciones, Azaña elabora un concepto personal de patria, que niega su existencia medieval (aunque, paradójicamente, busque en ese periodo a sus padres verdaderos) y que la identifica con "la igualdad de los ciudadanos ante la ley; es decir, es democrática". Por esas fechas, su amistad con Cipriano Rivas Cherif se consolida definitivamente.

Madurez. Los inicios de su actividad política

A mediados de octubre de 1913, junto con otros jóvenes de la nueva generación intelectual de España y la compañía de José Ortega y Gasset, respaldó con su firma un "Prospecto de la Liga de Educación Política de España", que clamaba por la organización de una minoría encargada de la educación política de las masas, vincular la suerte de España al avance del liberalismo y al proyecto de nacionalización, y agruparse con el propósito de ejercer algún tipo de actuación política que abriera, sin salir de la monarquía, las puertas a la democracia.

Políticamente, el manifiesto suponía un apoyo explícito al Partido Reformista presidido por Melquíades Álvarez, al que muchos de ellos, entre ellos Azaña, se afiliaron inmediatamente. En su primer discurso como afiliado, en diciembre de 1913, Azaña reivindicó, una vez más, la democracia parlamentaria, la necesidad de un Estado laico y soberano, atento a la justicia social y a la cultura, y la imperiosa necesidad de acabar con el caciquismo; por lo demás, rechazó la posibilidad de que su partido pudiese acometer tal empresa con la ayuda de socialistas, republicanos o liberales.

A pesar de sus deseos de presentarse como candidato por el distrito de Alcalá en las elecciones del 8 de marzo de 1914, finalmente no lo hizo, pues estimó que podría provocar problemas en su pueblo por la división política existente. Por lo demás, los malos resultados electorales del partido y la presencia en él de un porcentaje mayor de intelectuales que de políticos, terminó por hacer languidecer a la formación durante un tiempo, mientras se continuaban los debates sobre si aproximarse al Partido Liberal de Romanones, algo que Azaña rechazaba frontalmente.

El comienzo de la Primera Guerra Mundial llevó a Azaña a posicionarse a favor de los aliados y a desarrollar algunas actividades de apoyo moral a estos. Puso a disposición de diversos intelectuales franceses la tribuna del Ateneo, respaldó un "Manifiesto de adhesión a las Naciones Aliadas" (publicado en España el 9 de julio de 1915) y realizó en octubre de 1916 una visita a Francia con un grupo de intelectuales españoles que incluyó un acercamiento al frente. Al lado de su admiración por la fuerza cívica demostrada por los franceses durante la guerra, Azaña expresó también su repulsa, lejos de toda mitificación, de los horrores provocados por esta.

Esta polémica entre pro-aliados y germanófilos se recrudeció cuando los primeros decidieron criticar explícitamente a los segundos. Así, el mismo semanario España publicó un manifiesto redactado por una llamada Liga Antigermanófila, que Azaña firmó. Como apoyo intelectual al movimiento, pronunció también una conferencia en el Ateneo con el título de "Los motivos de la germanofilia", donde incidía en la idea de que la neutralidad de España en la Gran Guerra tenía como motivo real la carencia de medios militares del país; por lo demás, explicando la valerosa resistencia de los franceses, reiteraba su principio de que el patriotismo estaba directamente vinculado a la virtud cívica, el móvil ideal de los ciudadanos como miembros de una sociedad política.

En septiembre de 1917, Azaña realizó un viaje a Italia junto a Unamuno, Américo Castro y Santiago Rusiñol para visitar los frentes de guerra; en noviembre de ese mismo año, viaja de nuevo a Francia con el mismo objetivo.

A su vuelta, y desde enero de 1918, inició un ciclo de conferencias en el Ateneo sobre "La política militar de la República francesa", tema que le venían ocupando desde hacía tiempo y que, finalmente, terminaría concretándose en un proyecto de obra en tres volúmenes sobre Francia del que solo llegaría a publicarse el primero, precisamente sobre esa cuestión militar. Como consecuencia de esta dedicación al tema militar, fue el encargado en el Partido Reformista de desarrollar la parte ideológica del mismo sobre Guerra y Marina; básicamente, Azaña propuso alejar al ejército de la política, reducir el número de oficiales o, al menos, impedir su crecimiento y reducir el tiempo del servicio militar.

Mantuvo al tiempo su incipiente interés por la política y se presentó como candidato a las elecciones generales del 24 de febrero por el distrito de Puente del Arzobispo; asumiendo la necesidad del la unidad, apelaba en sus charlas con los ciudadanos a la unión de las izquierdas e insistía en transmitir su idea de patria como cualidad de hombres libres. También realizó en estos primeros mítines sus primeros ataques directos a la Corona y unas primeras referencias a la posibilidad de una revolución, por la fuerza si fuese necesario, para cambiar el statu quo de la realidad española. Consiguió 4139 votos que no fueron suficientes para convertirse en diputado.

En mayo de 1919, en un mitin convocado por el Partido Reformista para denunciar la entrega del decreto de disolución de las Cortes al gobierno de Antonio Maura, Azaña participó con un discurso en el que habló del hundimiento de sus esperanzas liberales, asociando el liberalismo con los derechos de los trabajadores como individuos. El mitin alejó definitivamente a los reformistas de cualquier esperanza de reforma del régimen establecido y los acercó a las izquierdas, especialmente a los reclamos de los socialistas.

Simultáneamente a lo anterior, junto a varios intelectuales republicanos, socialistas y reformistas participó en la creación de la Unión Democrática Española para la Liga de la Sociedad de Naciones Libres, que reclamaba una democracia plena para España. Las buenas relaciones entre los políticos de esas facciones se consolidaron aún más con una serie de conferencias (titulada "El actual momento político") que, con motivo de la crisis política española de finales de los años veinte, se desarrollaron en el Ateneo desde abril de 1919.

Entre octubre de 1919 y abril de 1929 vivió en París junto a su amigo Rivas Cherif, y trabajó como enviado especial del diario Le Figaro enviando artículos sobre la situación política en Francia tras la guerra y sobre la crítica a esa guerra.

A principios de año, rompió sus relaciones con el Ateneo dimitiendo como secretario, en lo que sería un indicio de unas nuevas inquietudes intelectuales que se verían materializadas con la fundación, junto a Rivas Cherif, de una revista literaria que contaría con el mecenazgo del arquitecto Amós Salvador. Así, en junio de 1920 salió a la calle La Pluma, Revista Literaria. Azaña, en sus colaboraciones, tocó los más variados registros, desde el folletón a la crítica literaria, pasando por el ensayo político.

En 1923 fue encargado de reflotar la revista España, para lo cual hubo que sacrificar a La Pluma. Azaña incrementa su colaboración política y refleja sus impresiones sobre los derroteros del Partido Reformista, que en diciembre de 1922 había situado a uno de sus miembros, José Manuel Pedregal, como ministro de Hacienda, y dirige con mayor insistencia sus críticas a la dependencia del gobierno de militares e Iglesia.

En abril de 1923 repitió su candidatura al Congreso por el distrito de Puente del Arzobispo, obteniendo unos resultados similares a la vez anteriores.

La reacción ante el golpe de estado de Primo de Rivera

El golpe de estado de Miguel Primo de Rivera fue un momento crítico en su evolución política. En primer lugar, rompe con el Partido Reformista porque entiende que su base doctrinal y moral es insuficiente para hacer frente a la situación política de España. Básicamente, Azaña entiende que el Partido se había fundado para democratizar la monarquía, conservando su forma y su prestigio histórico, pero en modo alguno su arbitrariedad inherente, por lo que su aceptación del golpe podía considerarse una traición sencillamente imperdonable y un fracaso en la línea del partido que no supo ver la imposibilidad de confiar en la monarquía. Derivado de lo anterior, en segundo lugar Azaña rompe con la monarquía. Y en tercer lugar, se aleja definitivamente de muchas de las figuras del 98 y del regeneracionismo, que tomaron la Dictadura como una oportunidad para romper con el régimen anterior, algo que para Azaña era impensable.

Como consecuencia de todo ello, Azaña terminó por identificar la democracia con la república y postuló como base para intentar alcanzarla la unión de republicanos y socialistas. Así, emplazó a Julián Besteiro y a Fernando de los Ríos a simbolizar ese nuevo movimiento de acción política capaz de oponer al bloque avasallador de las fuerzas oscurantistas coligadas, la resistencia primero, la contraofensiva después, de la voluntad liberal latente so la mentida resignación del país.

Cerrada la revista España por la censura, en mayo de 1924 terminó de redactar un manifiesto titulado Apelación a la República que, finalmente, tras numerosas negativas por parte de amigos y compañeros para facilitar su distribución, se publicó en La Coruña de forma clandestina. El núcleo del manifiesto es la idea de que la monarquía es lo mismo que absolutismo y que la democracia solo es posible en la república; por lo demás, abre las puertas a una gran alianza política en la que los integrantes solo deberían confirmar su aceptación de lo anterior, esto es, solo deberían reconocer su esencia liberal en el sentido más elemental del término: el individuo como sujeto de derechos y la nación como marco donde el hombre libre cumple sus destinos. Azaña idea, pues, una acción republicana en la que vayan de la mano el proletariado y la burguesía liberal. El manifiesto no tuvo grandes adhesiones.

Anulada cualquier posible iniciativa por el control de la dictadura, Azaña se refugió en su afición a escribir y empezó a participar en una especie de tertulia clandestina que se celebraba en el laboratorio que el farmacéutico José Giral tenía en la calle de Atocha en Madrid. Allí empezó a trabajar de una forma más activa en la preparación de la República, algo que se materializó en un nuevo manifiesto escrito en mayo de 1925. Ideológicamente reitera lo dicho en la Apelación, pero implicó la novedad de que fue el germen o la materialización de un grupo político constituido por los miembros de esa tertulia a finales de 1925 que se denominó, en principio, Grupo de Acción Republicana o Grupo de Acción Política. La denominación respondía al deseo de no verse confundidos con los partidos políticos tradicionales y abrirse paso como posible punto de unión entre ellos según la idea de alianza liberal enunciada por Azaña en sus manifiestos. En este sentido, una de sus primeras aproximaciones la realizan al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux.

Con motivo de la celebración del aniversario de la Primera República, el 11 de febrero de 1926 marcó el inicio oficial de actividades del Grupo de Alianza Republicana, el nombre con el que finalmente se conocería al grupo del que Azaña sería su representante. En su circular número 1 recordaba en forma de "Manifiesto al país" que no pretendía ser un partido político sino un punto de articulación para el republicanismo; además, reivindicaba una ordenación federativa del Estado, atención a la educación, medidas de reforma agraria y de legislación social, etc.

Con todo, la Dictadura, reforzada por la calma en Marruecos, anulaba cualquier iniciativa pública de cariz político. Hacia 1926 las relaciones con Lerroux quedaron fijadas y Azaña participó en casa de este en las reuniones de la junta interina de Alianza; también en varias ocasiones se involucró en proyectos de insurrección militar contra la dictadura.

Azaña hubo de refugiarse en su actividad de escritor. En 1926 es galardonado con el Premio Nacional de Literatura por su Vida de don Juan Valera, que finalmente no publicaría. Volvió también a su reflexión sobre la relación entre las ideas del grupo del 98 y la dictadura, y sometió a una fuerte crítica al Idearium español de Ángel Ganivet. Igualmente, sometió a análisis la revolución de los comuneros donde vio un antecedente de las revoluciones del tercer estado, que quedaría desde entonces enfrentada a la monarquía y la nobleza. Refuerza así su idea de la necesidad de unión política entre la burguesía y la clase obrera para, desengañado ya de la posible evolución, retomar la vieja idea desechada en el pasado de que el camino es la revolución que acabe con el poder de la alianza entre la Corona y la oligarquía.

En 1927 publicó, además, El jardín, narración con componentes autobiográficos, que fue bien recibida por la crítica en general, y se dedicó también con especial interés al teatro, representándose en 1928 su obra La Corona.

En cuanto a su vida personal, el 27 de febrero de 1929 se casó con Dolores de Rivas Cherif en la iglesia de los Jerónimos.

El liderazgo republicano

A principios de 1930, la retirada de Primo de Rivera provocó un revulsivo en la situación, haciendo que el sentimiento republicano se reactive. Así, el 8 de febrero se presentó públicamente el grupo de Acción Republicana y Azaña retomó su idea de una gran coalición de fuerzas políticas unidas por su actitud pro-República, con la novedad de que prescinde de forma explícita de todo lo que no sea izquierdas. Y subraya que la República cobijará sin duda a todos los españoles; a todos les ofrecerá justicia y libertad; pero no será una monarquía sin rey: tendrá que ser una República republicana, pensada por los republicanos, gobernada y dirigida según la voluntad de los republicanos.

Simultáneamente, Azaña hubo de abordar también el problema catalán; desde su punto de vista, aunque no concibe una separación, reconoce que de darse la voluntad por parte de Cataluña de separarse de España habría que permitirlo.

En junio se hizo con la presidencia del Ateneo, y lo puso al servicio de la movilización republicana, en la que estaba metido de lleno con el objetivo inmediato de conseguir un frente unido. Así, logró primero un pacto entre la Alianza y el Partido Radical Socialista, y poco después otro con los Partidos Radical Socialista y Federal y la Federación Republicana Gallega. Además, con el auspicio de Miguel Maura se consiguió formar una Derecha Liberal Republicana con jóvenes ex-monárquicos.

El domingo 28 de septiembre de 1930 se celebró un multitudinario mitin republicano en la Plaza de toros de Madrid. Entre otros, habló Azaña, que saludó a los asistentes como manifestación de la voluntad nacional y los identificó con unas Cortes espontáneas de la revolución popular, repitiendo su vieja idea de la importancia de los individuos en la conformación de la República e insistiendo en lo ineludible de la revolución popular para conseguir el cambio del statu quo. "Seamos hombres, decididos a conquistar el rango de ciudadanos o a perecer en el empeño. Y un día os alzaréis a este grito que resume mi pensamiento: ¡Abajo los tiranos!".

Finalmente, quedó constituida la Alianza Republicana, con presencia de los radicales de Lerroux y los de la Acción azañista. En octubre se invitó a los socialistas a integrarse en la alianza, divididos al respecto entre los contrarios como Besteiro, y los favorables como Largo Caballero. Teniendo en mente una inmediata insurrección, Azaña y Alcalá-Zamora les pidieron que el pueblo trabajador acompañase al ejército cuanto el levantamiento se produjese, para que los militares, el pueblo y la clase media fuesen sus protagonistas, y no solo el ejército. Los socialistas aceptaron a cambio de dos puestos en el comité revolucionario de la Alianza.

En ulteriores reuniones, se decidió que para el día del levantamiento se decretase una huelga general en toda España, se preparó un manifiesto que habría de difundirse previamente llamando a la revolución (justificada por ellos en tanto que el estado de España era de tiranía) y se diseño el Gobierno Provisional que habría de asumir el poder, en el cual Azaña llevaría el ministerio de Guerra.

El 15 de diciembre de 1930, día proyectado para la insurrección, los acontecimientos se torcieron y los principales líderes republicanos fueron detenidos. Azaña consiguió esconderse en casa de su suegro donde durante casi un mes se dedicó a escribir su novela Fresdeval.

La proclamación de la Segunda República

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Aun escondido, Azaña continuó vigilando el desarrollo de los acontecimientos. Intentó apoyar la validez siquiera provisional del gobierno diseñado el 15 de diciembre y, ya en vísperas de las elecciones municipales que lo precipitarían todo, concedió el sentido de plebiscito a estas y avanzó la posibilidad de una manifestación de la voluntad popular que, sin el impedimento del ejército, constituiría una suerte de "alzamiento nacional". Por fin, el día 12 de abril de 1931 la coalición republicano-socialista triunfó en la elecciones municipales en las capitales y principales poblaciones. Ante el entusiasmo de la población en Madrid, que sale a la calle, Azaña fue recogido de la casa donde estaba escondido por sus compañeros y se dirigió junto a ellos hasta la Puerta del Sol, para asomarse posteriormente al balcón del Ministerio de la Gobernación. Esa misma noche, acompañado por el capitón de artillería Arturo Menéndez, se presentó en el palacio de Buenavista donde se encontró con el subsecretario del Ministerio del Ejército, general Ruiz Fornells. Se hizo cargo del Ministerio y así se lo comunicó a todas las guarniciones militares, a las que pidió patriotismo y disciplina; posteriormente, mediante decreto, establecería la obligación de todos los miembros del estamento militar de prometer su adhesión y fidelidad a la República, quedando sin efecto el hecho a las instituciones en ese momento ya desaparecidas. Con el decreto conocido como de retiros o ley Azaña inició un proceso de reducción de efectivos militares. En general, la intelectualidad elogió esas medidas, pero causó malestar en altas jerarquías militares.

Como consecuencia de la llegada de la República, y con vistas a las inminentes elecciones de Cortes Constituyentes, el grupo político de Azaña, Acción Republicana, se convirtió en partido político decidiéndose por una orientación izquierdista. A lo largo de su primera Asamblea nacional celebrada en a finales de mayo, perfilan su programa político cuidándose mucho de mantener una posición intermedia entre los socialistas y los radicales de Lerroux. En el mitin inaugural de la campaña, en Valencia en junio, Azaña reiteró el objetivo de romper radicalmente con el pasado y de reconstruir el país y el Estado, para lo cual se hacía necesario triturar al caciquismo.

En las elecciones del 28 de junio Acción Republicana consiguió 21 diputados. Su maniobra consiguiente fue intentar no quedar subordinado a Lerroux ni romper con los socialistas, reforzando la Alianza y sosteniendo para su partido una posición izquierdista, que quedaría plenamente definida en su segunda Asamblea nacional, celebrada en septiembre, quedando Azaña como presidente. Allí, en el discurso de clausura subrayó la necesidad de que la República penetrase en todos los órganos del Estado, y apuntó de forma explícita al ámbito educativo, a lo colegios controlados por órdenes religiosas.

Sobre este asunto versó uno de los momentos críticos en la elaboración del proyecto de Constitución, cuando se discutió el artículo 24 (luego sería el 26). En principio, además de sancionar el sometimiento de las religiones, en tanto que asociaciones, al Estado, el artículo establecía la disolución de las mismas y la nacionalización de todos sus bienes. Tanto la jerarquía católica como varios políticos, entre ellos Alcalá Zamora (presidente de la República), reaccionaron negativamente, por lo que se hizo necesario una reformulación del artículo para no bloquear la formación del gobierno. Azaña, con el temor de que tanto Alcalá Zamora como Maura e, incluso, Lerroux, se desvinculasen del gobierno dejando a este exclusivamente en manos de la izquierda, decidió apoyar esa nueva redacción, en la que se suavizaban los elementos más conflictivos: se disolverían solo las órdenes con voto especial de obediencia a una autoridad que no fuese el Estado (los jesuitas) y se prohibiría el ejercicio de la industria y el comercio para el resto. El día 13 de octubre hubo de pronunciar un discurso en el congreso con el objeto de hacer reflexionar a los más izquierdistas sobre la conveniencia de aceptar la nueva redacción del artículo. El no incorporar la disolución de todas las órdenes religiosas centraba en sus justos términos lo que, en sus palabras, era el mal llamado problema religioso, pues este "no puede exceder de los límites de la conciencia personal"; es un problema político, de constitución del Estado. Se trata de organizar el Estado de acuerdo con una premisa que la proclamación de la República convierte en axioma: España ha dejado de ser católica.

De ahí que para Azaña fuese suficiente con la prohibición a las órdenes religiosas de enseñar y con reclamar la libertad de conciencia para los ciudadanos.

Así, pues, entre abril y octubre Azaña había reformado por completo la política militar y religiosa de España. El impacto emocional de todas esas semanas sobre Azaña lo resumió el mismo con una frase: parecía estar presenciando lo que le sucede a otro.

Por lo demás, a medida que avanzaban las semanas, la dificultad para formar gobierno hacía que las miradas se dirigiesen hacia Azaña como posible presidente. La votación favorable al nuevo artículo sobre la cuestión religiosa provocó la dimisión de Alcalá Zamora. Maura, que también había dimitido del gobierno, apuntó a que solo había dos posibilidades de sustitución: o Lerroux o Azaña. Lerroux desechó su candidatura y señaló que Azaña era el hombre ideal, en tanto representaba a un partido minoritario que podía servir de puente entre los mayoritarios. Sustituyó, por tanto, a Niceto Alcalá-Zamora como presidente del Gobierno provisional (en octubre del mismo 1931).

Los objetivos inmediatos fueron la aprobación de la Constitución y de los presupuestos de la República, y la elaboración de la Ley Agraria. Además, sacó adelante una Ley de Defensa con la intención de dotar de facultades extraordinarias al gobierno en caso de necesidad, y promulgó un decreto para reducir considerablemente las plantillas de funcionarios. Una vez aprobada la Constitución, recuperó a Alcalá Zamora para la presidencia de República, con lo que incorporó a la derecha liberal católica como fuerza participante en la dirección del país.

En diciembre, consiguió que Alianza Republicana aceptase definitivamente la coalición con los socialistas para el gobierno, lo que provocó la retirada inmediata de Lerroux. A continuación, Azaña presentó la dimisión del gobierno ante Alcalá Zamora y dejó en sus manos la solución de la crisis. El presidente de la República, asesorado por Besteiro y el mismo Lerroux, encarga de nuevo la tarea de formar gobierno a Azaña, quien en principio intentó repetir el equilibrio de fuerzas anterior. Sin embargo, Lerroux terminó por negarse sobre la base de su incompatibilidad con los socialistas y con la probable intención de que un gobierno de ese tipo le pudiese abrir la puertas a la presidencia del mismo unos meses después. Azaña volvió de nuevo a poner su cargo a disposición de Alcalá Zamora pero este lo confirmó otra vez.

El 17 de diciembre pudo, por fin, presentar un programa que se reveló como muy ambicioso y que tenía como puntos más sobresalientes la Ley de Reforma Agraria, la incorporación de los sindicatos a las negociaciones laborales, la Ley de Confesiones y Congregaciones religiosas, el Estatuto de Autonomía de Cataluña, una reforma educativa con el objetivo de universalizar la enseñanza primaria, la introducción del divorcio, la reforma del Código Civil, la equiparación de derechos entre hombres y mujeres, terminar con la reforma militar, etcétera.

Dos graves problemas sociales tuvo que afrontar a comienzos de 1932: una huelga general convocada por la Federación de Trabajadores de la Tierra (de la UGT) que tuvo como resultad varios muertes tanto por parte de la Guardia Civil como de manifestantes, y la proclamación del comunismo libertario en la cuenca del Llobregat. En ambos casos, justificó el uso de la fuerza militar como única forma, no de controlar las huelgas, sino de reconducir un orden que había sido violentamente quebrado. En este sentido, puso el límite de lo asumible por el gobierno en lo marcado por la Constitución.

Por otro lado, desde la presidencia del gobierno Azaña hubo también de afrontar el desarrollo de, al menos, tres conspiraciones contra la República. En primer lugar, una promovida por Alfonso de Borbón con el objeto de devolverle al trono; después, otra llevada a cabo por elementos monárquicos afectos al infante don Juan que buscaban la abdicación de Alfonso; y, en tercer lugar, una de tipo militar (simultaneada por las continuas quejas por parte de jefes y oficiales del ejército), liderada por los generales Barrera y Cavalcanti, que habría ido gestándose desde mediados de 1931. Finalmente, la noche del 9 al 10 de agosto estalló otra conspiración también liderada por el general Barrera y acompañado en esta ocasión por el general Sanjurjo, que Azaña consiguió parar apenas con la ayuda de la Guardia Civil.

Tuvo además tiempo para estrenar su drama La Corona.

Finalmente, los Sucesos de Casas Viejas, Castilblanco y Arnedo motivaron su cese, el 8 de septiembre de 1933, por parte del presidente Alcalá-Zamora.

Presidencia de la República

El 19 de noviembre de 1933, triunfó la coalición formada por el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles, lo que trajo como consecuencia una retirada temporal de la política y su vuelta a la actividad literaria y editorial. De esta fecha son los libros Una política y En el Poder y en la Oposición, recopilaciones de discursos parlamentarios. El alejamiento político duró poco y en 1934 fundó el partido Izquierda Republicana, fruto de la fusión de Acción Republicana con el Radical-Socialista, liderado por Marcelino Domingo y la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA) de Santiago Casares Quiroga.

La Revolución de 1934 en Asturias y Barcelona sirvió como pretexto para acusarle de instigador de los mismos, por lo que le encarcelan a bordo del destructor Sánchez Barcáiztegui, anclado en el puerto en Barcelona, resultando finalmente absuelto en el proceso judicial, suceso que narra en su libro Mi Rebelión en Barcelona.

El 16 de febrero de 1936, resulta vencedora la coalición de partidos de izquierda que se denominó Frente Popular, siendo encargado Azaña de formar gobierno, lo que lleva a cabo el 19 del mismo mes. Tras la destitución de Alcalá-Zamora, es nombrado Presidente de la República el 10 de mayo de 1936.

Guerra civil, exilio y muerte

Tumba de Manuel Azana en el cementerio urbano de Montauban..jpg

El comienzo de la guerra civil, tras sus inútiles intentos de concienciar a las distintas fuerzas políticas republicanas de los peligros de su desunión, supone un duro golpe para Azaña. A esto se adiciona la soledad a que le relegó, en Madrid, el Gobierno republicano. El posterior desarrollo de la contienda empeoró su estado de ánimo, como queda fielmente reflejado en sus cuadernos de memorias, donde se relatan sus desencuentros con líderes del gobierno, como Francisco Largo Caballero y, especialmente, Juan Negrín.

El 18 de julio de 1938, ante las Cortes reunidas en Barcelona, pronunció el célebre discurso en el que instaba a la reconciliación entre los dos bandos, bajo el lema Paz, Piedad, Perdón. Ocupada Barcelona por el ejército sublevado el 26 de enero de 1939 y Gerona el 5 de febrero, este mismo día se retira a Francia. Tras pasar por Perpiñán y Nimes, se establece en Collonges-sous-Salève, un pueblo de la Alta Saboya francesa en las que su cuñado, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior. Allí redacta su dimisión como presidente de la República, el 27 de febrero, al reconocer Francia y Gran Bretaña el gobierno de Franco, siendo sustituido con carácter provisional por Diego Martínez Barrio. Azaña permaneció en Collonges hasta noviembre, cuando ante el temor de que Francia fuese invadida por Alemania, se mudan a Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940 sufre una gripe con complicaciones que quebranta gravemente su salud. Sin embargo, debe dejar su residencia ante la capitulación de Francia. Con media Francia ocupada por el ejército alemán y otra media bajo administración del gobierno títere de Pétain, es vigilado y hostigado sin cesar por agentes del régimen dictatorial del general Franco, que pretenden su captura y deportación a España. Finalmente, la Gestapo decide detenerlo. El embajador de México ante el régimen de Vichy, Luis I. Rodríguez, prevenido al parecer por un soplo procedente de los propios alemanes, consigue librar al presidente de sus captores y trasladarlo, en un difícil viaje en ambulancia, a Montauban, en primer lugar al 34 de la rue de Michelet y luego al Hôtel du Midi, donde la legación mexicana utilizó varias habitaciones como sede provisional y en la que se refugiaron numerosos españoles exiliados en espera de poder huir de Francia.

Azaña se instaló con su esposa en la habitación número 11 del Hôtel du Midi, la misma que utilizaba como vivienda y despacho el embajador (y donde hay aún una placa que recuerda ese hecho). Allí, prematuramente envejecido y agotado por las penurias sufridas, falleció el 3 de noviembre de 1940. Según testimonios del médico y del obispo de la diócesis de Montauban, monseñor Pierre-Marie Théas, que en ese momento le prestaba su asistencia espiritual, Azaña recibió los últimos sacramentos. Versión ésta rechazada por entornos cercanos, presentes en los últimos días de vida de Azaña. Su viuda, Dolores de Rivas, profundamente religiosa, encargó a dicho obispo, tras el deceso de su marido, un funeral religioso en la catedral de Montauban el 5 de noviembre. Además, es conocido en Mexico que ésta se destacó como ferviente católica en el exilio -ella también quiso morir cristianamente-, así como sus sobrinos en ese país, que pidieron ser bautizados por la Iglesia Católica.

El mariscal Pétain prohibió que se le enterrara con honores de Jefe de Estado. Sólo accedió a que fuera cubierto su féretro con la bandera española, a condición de que ésta fuera la bicolor rojigualda tradicional y en modo alguno la enseña republicana de la franja morada. El embajador de México decidió entonces que fuera enterrado cubierto con la bandera mexicana. Según cuenta en sus memorias, Rodríguez dijo al prefecto francés "Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección".

Sus restos reposan en el cementerio de Montauban (Trapeze Q, Section 7). Dejó escrito que no se moviesen del sitio donde reposaran. Existe una asociación en su honor que lleva su nombre, Asociación Manuel Azaña, que gestiona una librería y organiza actos culturales por toda España.


Precedido por:
Niceto Alcalá Zamora
Presidente del Gobierno (Provisional)
de la República Española

1931
Sucedido por:
Niceto Alcalá Zamora
(Presidente de la República)

Él mismo como Presidente del Consejo de Ministros
Precedido por:
Diego Martínez Barrio
(Interino)
Presidente de la República Española
(En la Guerra Civil)

1931-1936
Sucedido por:
José Miaja Menant
(Presidente del Consejo Nacional de Defensa republicano)

Miguel Cabanellas Ferrer
(Presidente de la Junta de Defensa Nacional nacional)
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