Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

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El Ateneo reúne a 18 embajadores

De Ateneo de Córdoba
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1991.- Tal día como el miércoles, se despedían de Córdoba casi una veintena de embajadores hispanoamericanos convocados por el presidente del Ateneo, Antonio Perea. La excusa fue el tratamiento y difusión que los distintos representantes habían dado a los premios Juan Bernier en sus respectivos países y el Círculo de la Amistad fue el escenario de un recibimiento oficial sin oficialidad.

Los preparativos empezaron en un piso del Polígono del Guadalquivir, sede del Ateneo desde hacía nueve años y los que vendrían después. A la organización le faltaba local pero andaba sobrada de voluntariado; de modo que entre la idea del presidente, las gestiones de secretariado de María Cabrera –su mujer-, los detalles de protocolo de Marina León y el sí de los ilustres visitantes, se lanzaron a celebrar el evento. Hasta la Glorieta de Embajadores madrileña fue Paco Rodríguez (Paco Moca) a recoger a los diplomáticos y, a sus respectivos séquitos, mientras aquí se preparaba la visita a la Mezquita, el alojamiento en La Arruzafa y la cena de gala en el Círculo.

Como la cosa no era oficial y el Ateneo sonaba poco en la prensa, las autoridades locales no debieron enterarse o no echaron muchas cuentas hasta que, a la altura de Bailén, los embajadores extrañaron alguna escolta, siendo ellos tantos y estando, como estaba, la guerra del Golfo en plena ebullición. A la voz de “vienen un montón de diplomáticos” de Paco Rodríguez, Antonio Márquez (por entonces secretario del Delegado de Gobierno) mandó a la Benemérita y la comitiva entró en Córdoba como correspondía (o casi).

Los embajadores tuvieron tiempo de hacer turismo rural en Montilla y Cabra, vieron bailar a Inmaculada Aguilar, oyeron cantar a la tuna y se fueron encantados, pues aunque los mandamases locales brillaron por su ausencia o su furtiva presencia, sí estuvieron Juana Castro, Manuel Concha, Manuel Gahete, Agustín Gómez o Soledad Zurera y otros ateneístas veteranos que, además de ser grandes en lo suyo, siempre están dispuestos a dejar el pabellón como corresponde y, por extensión a Córdoba.

Cuando el autobús se volvió a Madrid, apenas hubo reseña en los medios de comunicación, pero el acontecimiento llegó al mismísimo Senado, de la mano de Joaquín Martínez Bjorkman, que lo había vivido en directo. El Ateneo fue siempre así, con mucha voluntad y pocos posibles. En esa dinámica ha logrado consolidar actos, premios, certámenes y ciclos con éxito de público y silencio de crítica.
Matilde Cabello
El Día de Córdoba, 1 de febrero de 2004

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