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Ateneo de Córdoba. Calle Rodríguez Sánchez, número 7 (Hermandades del Trabajo).

PRÓXIMOS ACTOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA

11 de diciembre, miércoles. Tertulia poética. Sede Ateneo 19:00 horas.
12 de diciembre: Reunión Junta directiva. Sede Ateneo 18:30 horas.
12 de diciembre, jueves. Queimada navideña. Sede Ateneo 20:00 horas.

VII Premio Agustín Gómez de Flamenco Ateneo de Córdoba.

Fallo del XXXV Premio de Poesía Juan Bernier.

Fallo del VII Premio de Relato Rafael Mir.

Fallo de las Fiambreras de Plata 2019, relación de homenajeados aquí.


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Cántico y el flamenco

De Ateneo de Córdoba
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Manuel Gahete Jurado 14-10--2010 Foto Miguel Collado (04).jpg
Establecer puentes de conexión entre poesía y música es llover sobre mojado, porque la poesía sin música no existe. Esta tesis, avalada por escritores tan deslumbrantes como Poe, Carlyle o Verlaine, supone la ruptura esencial de esta manifestación literaria con la prosa, por mucho que los adjetivos y los esnobismos pretendan argumentar razones que condenan a los émulos de Tántalo a una persecución frustrante e irracional.

Que la poesía se concibe, en sus orígenes, para ser cantada es un aserto incuestionable. Y esta conjunción connatural a su nacimiento ha venido conformando la ciencia de la palabra poética como ley inminente que trasmuda los artejos invisibles de tan sutil entramado. Penetrar en el complejo universo de estas relaciones supondría desviar nuestro objetivo primicial hacia espacios casi ignotos para una “inmensa minoría” de poetas.

Agustín Gómez devana toda la luz de su pasión y su ciencia en las páginas afables, de ágil comprensión y lectura, llamadas a la elegía y el panegírico, tocadas por la bondad y la sabiduría de un hombre consagrado a la investigación del flamenco., en esta reflexión trascendida que el Ateneo de Córdoba, pendiente siempre de ponderar los valores de nuestra identidad y cultura, deja impresa a la presente y las futuras generaciones.

Su estructura se organiza en torno a la connivencia innata existente entre poesía y música, teniendo como eje el interés del impulsor del grupo cordobés Cántico, Ricardo Molina, por el universo mítico del flamenco, del que era un entusiasta redomado y amador ferviente. A él se presta especial atención en este ensayo, descubriendo peculiaridades difuminadas por el allegamiento y el rumor; señalando osadamente, mas con juicioso criterio, aspectos de la personalidad de Ricardo que glosan de alguna manera su senequista posicionamiento, su savoir éter ante la vida. Ricardo Molina, de cualquier manera, siempre fue más poeta que flamenco, nos dice Agustín, siendo, por otra parte, el mejor conocedor de este arte de todos los poetas de Cántico, y por extensión, de Córdoba.

El objetivo crucial de este análisis que, con tanta plasticidad y armonía, desarrolla Agustín es, si no me engaña mi intuición como lector iniciado, la luz vertida por los poetas de Córdoba sobre la expresión del flamenco y su significado explícito. Desde el corazón la palabra alcanza a veces verdades más inexpugnables que las argumentadas por la razón y éste es el sentido que conforta la validez de un texto revalidado en si mismo por su proyección, por la amplitud de caminos que abre a nuestras miradas.

El flamenco madura en Andalucía, su heredad más prolífica, porque es la tierra apropiada para el cultivo de esta hondura en el sentimiento. Me atrevo a dudar que el Arcipreste de Hita hubiera compuesto tan desgarrado planto, tan pasional diatriba a la villana muerte, de no haber vivido en al-Ándalus. Y, contra todo dogmatismo, anuncio que el silencio sonoro de San Juan de la Cruz sólo hubiera sido posible conociendo los parajes undosos y calizos de las andaluzas Úbeda y Baeza, porque en Andalucía el aire es más denso, envuelve la piel de calofrío y toca con fuego húmedo el corazón y los labios. Esta mixtura de miel y lágrimas sólo puede fundirse en el crisol de la poesía, en el cristal del flamenco, más pristinos cuanto más oscuros, más inteligibles cuanto más arcanos.

Agustín conoce a la perfección los efectos del ritmo, la armonía que subyace en toda transgresión, discrupción, paragustia o desgarramiento, y como en todo arte la diversidad, la diáspora de temas y variantes concierta un sólido sistema de alternancias donde es posible a la vez la originalidad y el carisma: el bucolismo homérico de Mario López, la bruma fulgurante de Vicente Núñez,a dualidad amorosa de Ricardo Molina, el sesgo barroco de Pablo García Baena, la cosmética cáustica de Julio Aumente, el optimismo agónico de Juan Bernier o las ausencias presentes de Concha Lagos y Antonio Gala recitando la eterna letanía de una voz inagotable.

Agustín justifica con generoso acento el sentido de esta reflexión en voz alta. Con su afinada maestría para explicar lo ilógico de la lógica, la lógica de lo ilógico. Agustín Gómez sentencia con /encomiosas/ palabras: “Está claro que son los poetas e intelectuales los que conceden la aureola de prestigio al artista desde su mundo de elucubraciones poéticas e ideológicas”. Demasiada responsabilidad y honor para estos seres trasverberados, no sé si a su pesar, por un venablo de fonemas y aliento; agridulce aliento que enlaza espacios distantes, adivinándose próximos en el sentimiento y en la música, puentes inequívocos alzándose entre la poesía y el flamenco, veneros germinados desde una misma luz, regresando en eterno retorno a la búsqueda de las comunes y originales raíces, incapaces de subsistir sin el mutuo alimento, sin la recíproca entrega, sin el contacto amargo y vigoroso donde la pasión se transforma en baile, en palabra, en comunión, en vida.
Manuel Gahete
Diario Córdoba, 6 de julio de 1995