Ateneo de Córdoba. Calle Ángel Ganivet, número 3 local bajo.

PRÓXIMOS ACTOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA

Miércoles 16 de mayo, 19:00 horas. Tertulia Poética, asistirá como poeta invitada Juana Castro.

Jueves 17 de mayo, 20:30 horas. Charla ilustrada "La copla flamenca en su contexto histórico, político, económico y social". A la palabra: Pepe Carmona, al cante: Paco Dios y a la guitarra: Rafael Ruz.

FALLADOS LOS PREMIOS DEL ATENEO DE CÓRDOBA:

Fallo XXXIII Premio de Poesía Juan Bernier
Fallo V Premio de Relato Rafael Mir
Fallo VI Premio Agustín Gómez de Flamenco
Entregadas las Fiambreras de Plata Año 2017
en el Real Círculo de la Amistad.

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Antonio Muñoz Caballero "Sara la Paquera"

De Ateneo de Córdoba
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Antonio Muñoz Caballero nació en una Córdoba gris, lució las más espectaculares lentejuelas e hizo de su vida un Carnaval, mientras las demás máscaras dormían en los armarios.

El artillero que siguió siendo Sara

El lunes 10 de abril de 1939, Córdoba despertaba al noveno día de La Victoria por calles sombrías de luto. Las redacciones imprimían el accidente de García Morato y la heroica detención de “dos comisarios políticos rojos” por parte de “los agentes Ferrer y Anaya”. Los refugiados en Córdoba se hacinaban en los cubiles de las casas de vecinos. En una de aquellas habitaciones, en la plazuela de Maimónides, hicieron hueco a un belmezano y a la joven malagueña que daría a luz a Antonio Muñoz Caballero.

Castizo del barrio de la Catedral, fue bautizado en el Sagrario y asistió algún tiempo a una escuela, junto a las Esclavas. Pero lo echaron. Quizá el planeta que reinaba el día en que nació, alumbraba malos presagios; los gustos del chiquillo comenzaron a llevarle, como en la copla, por un “caminito repleto de cruces”. A Antoñín le gustaban las muñecas y la ropa de su hermana, jugar a las casitas y ser la madre. Ahí comenzaron a llamarle mariquita. Su madre lo entendía, lo tapaba y protegía de los golpes del padre, cuando le ataba a la pata de la cama, en ayunas, hasta que se marchaba a trabajar y ella lo soltaba y lo alimentaba a escondidas. Así eran las cosas cuando, con 14 años, un vecino lo violó en los retretes de la casa comunal. Ya había sufrido la pérdida de la madre. Fue el primer golpe, “lloré muchísimo”, decía cumplidos los sesenta años, todavía con los ojos húmedos, casi ciegos por la glucemia.

Comenzó a frecuentar el extramuros de su barrio de la Judería, cuando las casas de la Puerta de Almodóvar no iban más allá de la Cruz Roja, la calle Cairuán era un arroyo, la avenida de Fleming un proyecto y la de Vallellano un llano terrizo que acababa en el río, donde se congregaban las mujeres, al llegar la noche, para ofrecer unos servicios sexuales, tan miserables como sus trapos, sucios de semen, y la parcela de cuerpo alquilado, limitado a las manos.

Allí, en el Charco de la Pava, tuvo sus primeros encuentros con los hombres, paralelos al peregrinar por el correccional de La Fuensanta y La Letro, antes de escaparse a vivir con su hermana; allí sufrió las primeras redadas policiales; alguna noche en La Higuerilla, el año de cárcel, cuando el famoso crimen del paraguas. “Yo, que no soy capaz de matar a una mosca, - decía- era el más mariquita y me tocó”. Pertenecía a los “sospechosos habituales” del argot de aquel tiempo gris; al grupo de hombres distintos que se transfiguraban por las callejas de San Agustín, hasta cuando el Carnaval era pecado; la única que seguía usando faldas de saldo el resto del año. Una noche, la pillaron con su amiga La Coneja vestidas de mujer, y las llevaron seis meses a la prisión de Jerez. Fue la única vez que salió de Córdoba, salvo a Cerro Muriano y El Blanquillo, donde le tocó servir en Artillería. Le vieron hacer la cama con tanta delicadeza, que quedó para eso; tras acribillar a una serpiente, en una guardia, con el consiguiente revuelo en el cuartel.

Luego la oyeron cantar por La Paquera de Jerez y se quedó con el nombre. “Nunca me gustó, porque esa cantaba bien, pero era fea”. Y cantó su Torre de Arena a mil pesetas por los garitos y los Carnavales de Córdoba; y vinieron los años del asilo, donde lo mismo limpiaba que recogía a los muertos en parihuelas, hasta que se peleó con Sor Sagrario. Volvía a ver al padre que, viejo y débil, no le permitía darle un beso, ni cuando le confesó dónde tenía los ahorros, para que no se los comiera el Demonio. “Con las doscientas mil pesetas me voy a poner las tetas –le dije a mi padre- y se murió enseguía; pero no fue culpa mía, que estaba ya muy malito”.

Sara, como le gustaba llamarse, paseó su silicona cada noche por el extrarradio, su lugar natural. Ya era la reina del Carnaval clandestino, y también de los travestís que se arremolinaban junto a la ermita de los Santos Mártires, donde aparcaban los camioneros, peludos con barba y bigote, que era como más le gustaban. Con la Democracia, en el Círculo Juan XXIII, perteneció al primer movimiento gay (Frente de Liberación Homosexual), por ver si “los que tenían estudios, quitaban esa Ley de Vagos y Maleantes” que tantas veces le habían aplicado. “A mí, que me he pasao toa mi vida blanqueando y fregando suelos, jartita de trabajá”, decía mientras reivindicaba su condición de ”maricón de nacimiento, que no de vicio” y la hipocresía de quiénes se paseaban “por la calle Cruz Conde, del brazo de sus mujeres”, e iban luego a buscar sus favores a la Ribera; nombres que se quedaban para ella y nunca confesó, ni siquiera en 1995, en su último invierno, cuando nos contó su vida, junto a un brasero de picón, en el número 13 de Doña Engracia. Y en aquella habitación, pintada de azulón, sin cocina ni baño, encontraron su cuerpo, envuelto en la bata azul de mujer, entre el Carnaval y la primavera.

El retrato. Por la vida sin disfraz

En el álbum de fotos de Antonio Muñoz, sólo conservaba un retrato en consonancia con ese nombre; es el típico de todas las épocas pasadas, uniformado de artillero. Aparece casi incompleto, a falta de la dedicatoria a la madre que ya no tenía o a la novia que nunca quiso tener. Y es que, ni el tiempo en que la mili hacía hombres, pudo variar su condición de mujer. Luego vuelve a ser él o ella; Antonio, Sara, La Paquera o la copla de Marifé que adoraba: “Todo es mentira, todo es quimera, todo es delirio del corazón”.

Sumario

  • Pertenecía a los “sospechosos habituales” de aquel tiempo gris; al grupo de hombres distintos que se transfiguraban por las callejas de San Agustín, hasta cuando el Carnaval era pecado.
  • En el Círculo Juan XXIII, perteneció al primer movimiento gay (Frente de Liberación Homosexual), por ver si “los que tenían estudios, quitaban esa Ley de Vagos y Maleantes”.

Falleció en Córdoba el 26 de febrero de 1996.

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